
Se subió al colectivo, le pagó al chofer con el cospel y sacó el boletito. Miró hacia los asientos y se dio cuenta de que ninguno estaba vacío; que embole, sobre que le dolían las piernas... Hizo dos pasos tambaleándose por el pasillo y se agarró de lo de los asientos del medio. Estaba oscuro, por eso desde el vidrio una chica vestida con su misma ropa le devolvió la mirada. Se deprimió por el estado de su pelo pero le gusto el brillo que le daban las perlitas de las orejas.
Pero advirtió también que no eran sus ojos los únicos clavados en ella. Un par de ojos azules la miraban a dos asientos de distancia, reflejándose ellos también el vidrio del colectivo. Era rubio y tenía una remera amarilla. Desentonaba, resaltaba.
Lo miró, la miró, se miraron. Se pusieron colorados y bajaron la vista, avergonzados. Se turnaron para mirarse, para descubrirse, para adivinar quien era ésa otra persona. Ella se dio cuenta que se estaba acercando al lugar donde tenía que bajar. Ojalá que baje conmigo, ojalá que baje conmigo, ojalá que baje conmigo. Pasó a su lado y justo el colectivo agarró un bache, se movió bruscamente y la sacudió a un costado; lo golpeó con el cuerpo sin querer, y al agarrarse de una baranda para sostenerse, le rozó la mano. Se miraron y se conectaron. El mundo se detuvo. Pare chofer, pare, se lo ruego. Pero la burbuja exploto y la lucidez regresó. Bajó del colectivo sintiendo los ojos del chico en su espalda, y no se soltó de ellos ni siquiera cuando caminaba por la vereda, sólo cuando lo perdió de vista.
Que loco, pensó mientras reía.
Sí, que loco que un desconocido pudiera devolverle a alguien la capacidad para sonreír.
ME hiciste emocionar, te lindas tus palabras. Me encanta como escribis. Te adoro
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