
Te trajeron. No de cuerpo y alma, pero de palabra.Como un recuerdo atrapado por el anzuelo de la memoria. Hacía mucho tiempo que no pensaba en vos ¿Cuántos años? Más de 20 seguro. Sí, en realidad, 24 años porque cuando te fuiste, Blanca había cumplido 10 años y hoy tiene casi 34.
Demasiado tiempo, demasiado poco tiempo intentando sepultar recuerdos imborrables. Todo mi esfuerzo tirado a la basura, mi empeño de años en no pensar en vos, en querer borrarte, todo se había derrumbado en 3 segundos, con unas simples palabras. Oh, no pienses que te olvidé, jamás lo logré, solo traté se sufrir lo menos posible. Intenté con todas mis fuerzas de mentalizarme de que había terminado, de que te habías ido, que habías desaparecido, llevándote mi corazón, mi alma y el aire con vos, pero desaparecido al fin. Aprendí a fingir que era feliz, hasta que al final lo conseguí. Tal vez no era la felicidad absoluta, completa, pero sí algo aproximado, lo mejor que podía lograr. Tenía que seguir adelante como sea, ya sea poniéndome la máscara de la sonrisa cada día, porque lo que se muestra en el exterior es importante para los otros, aún cuando por dentro podamos estar desangrándonos. Al mundo no le gusta ver al otro sufrir, le parece algo sinsentido, algo lastimero, algo por lo que hay que correr la cara y desviar la mirada.
Te trajeron con la palabra y tu nombre estalló en mis oídos adormecidos y en mi corazón aletargado como balas perdidas.
Tuve que esforzarme para que me saliera la voz, para contestar con naturalidad sin mostrar demasiado énfasis o interés. El cuerpo se me había paralizado, inmobilizado por la avalancha de recuerdos aplastantes que amenazaban con destruirme otra vez. Otra vez, como hacía 20 años, otra vez…
De pronto la habitación me pareció demasiado pequeña y asfixiante. Me disculpé y con la excusa de que quería fumarme un cigarrillo en el patio, salí afuera, respirando largos tragos del aire fresco de mayo, que me llenaba los pulmones y me salvaba del colapso.
Así que habías vuelto. Vos, mi ruina y mi perdición; mi abismo y mis sueños; mi todo y mi nada.
Prendí un cigarrillo y me senté en una reposera. Levanté la cabeza y me fijé en la Luna. Demasiado grande, llena y brillante. A vos te gustaban ése tipo de noches, frescas y con el satélite iluminándolo todo.
-¿Viste que es como si la Luna te siguiera a todos lados, con cada paso que das? No podés escapar de ella…- me habías dicho alguna vez. Y pensándolo mejor, agregaste- Yo sí voy a poder, me voy a escapar, a mí no me va a encontrar.
Tu voz de adolescente ilusionada todavía resuena en mis oídos, me duele, me desgarra. Sí, te pudiste escapar, pero de mí, de mis brazos. Desde que te fuiste que no me sentaba a mirar las estrellas, a admirar la noche.
-Tenés que saber admirar las cosas pequeñas de la vida, Joaquín. Como las estrellas…
No…
-Dicen que nada es para siempre; yo creo que algunas cosas sí.
Basta…
-Te voy a amar para siempre, Joaquín, para siempre; eso nunca va a cambiar. Podrán cambiar las flores y el brillo del Sol, pero nunca éste amor tan grande que sentimos…
¡Basta! ¡Basta! ¡Te habías ido Mercedes, te había olvidado!
-Papá, ¿estás bien?- la voz de mi hijo Lisandro me hizo volver a la realidad de mi casa, mi patio.
Me di cuenta de que estaba parado mirando como un loco a la Luna.
-Sí, sí hijo. Sólo tenía ganas de fumarme un pucho. Ya vuelvo.
-¿Seguro estás bien?
No tenía idea del estado de mi semblante, por lo que me limité a entrar junto con él y encerrarme en el baño. Me miré en el espejo y no me reconocí en la imagen que me devolvió la mirada, demasiado pálida. Mientras me aferraba para no caerme, un dilema comenzó a formarse rápidamente en mi interior: ¿me comunicaba con vos? ¿Te pedía que nos viéramos o continuaba viviendo en la ignorancia de no saber sobre tu vida, como en éstos 24 años?
Caminé apurado por el frío hacia la plaza a la que me habías citado, la testigo de tantos encuentros furtivos de adolescencia.
Te había llamado el día anterior, movido por alguna razón que no podía entender. Después de todo, el verte no haría más que arrastrarme de vuelta a lugares que no era sano volver, al menos no para mi cordura. Ya había soportado más de lo que podía soportar una vez.
Cuando te llamé, tu voz había sacudido en mis sensaciones olvidadas, enterradas bajo el peso de años y con la pala de la angustia. Era como el sonido de campanas que mi alma deseaba tanto escuchar, haciendo que las palomas de la Catedral salieran volando, llevándose mis dudas con ellas.
Se suponía que nos encontraríamos hacía 15 minutos, pero yo llegaba tarde como siempre. Vos siempre habías sido puntual, era una de tus virtudes. Mientas caminaba, recordaba el día en que te fuiste. Querías ver el mundo, descubrir sus maravillas y huir de una ciudad “tan común” como era Córdoba en ése entonces. Supuestamente, ibas por un año o dos, pero luego me enteré que te habías casado con un francés y que planeabas quedarte a vivir allá, que eras feliz. Preferiste quedarte allí, lejos, en vez de volver y enfrentarte conmigo y con todo lo que habías dejado atrás. Te traté de cobarde, rompí tus cartas y traté de odiarte pero no pude. Traté de arrancarte de mi cerebro, de mi alma, de mi vida y de mi corazón, lo cual no dio resultados. No lo logré. Sólo podía sentir la fuerza de ése imán que me atraía a vos y me impedía vivir. Y ahora estaba a sólo unos pasos de reencontrarme con vos, de revivir ése pasado imborrable.
Y de golpe te vi. Apareciste sentada en aquel banquito testigo de tantas promesas de amor eterno, de ésas que no pudimos cumplir. ¡Qué enamorados y que tontos!
A medida que me acercaba, podía distinguirte mejor. Estabas tan diferente, pero al mismo tiempo tan igual. Seguías siendo mi Mercedes. Tu cuerpo mostraba las señales claras del paso del tiempo, como el gris que te carcomías las sienes y la mirada cansada, pero verde, ése verde que recordaba con tanto amor. Me miraste y me reconociste. Yo también había cambiado; cargaba con unos cuantos años de más en la espalda y unos cuantos pelos menos en la cabeza. Te acercaste despacio, como movida por el viento frío de otoño que nos rodeaba y me lastimaba el rostro. Sin embargo, entibiaste mi corazón congelado hacía ya tiempo con dos de tus besos, uno en cada mejilla.
-Perdón, la costumbre- Te disculpaste sonriendo, y tu risa y tu voz se rompieron en mis oídos, arrastrándome hasta el ´85 otra vez.
Nos miramos, nos buscamos y nos encontramos, tratando de reconocer en el otro la persona que ambos habíamos dejado atrás. Nos costó. Te propuse ir a un bar que había ahí cerquita, al frente de la plaza y nos sentamos en una mesa al lado de la ventana. Me contaste de tu vida, tus hijos, tu atelier en Francia, tus sueños cumplidos. Te hablé de mis hijos, de mi trabajo, de mis sueños destilados y de aquellos que tuve que colgar.
Quizás nos miramos mucho, quizás hablamos muy poco. Mis ojos te devoraron con el ansia casi febril que había estado conteniendo todos estos años.
Sabíamos no decirnos nada para no arruinar el momento, como así también no exigirnos mucho. Dejaste bien en claro que no querías compromisos, que solo querías verme, que en poco retornabas a Europa. Los dos ya habíamos rearmado nuestras vidas, yo pegando los pedacitos rotos y vos con una relucientemente nueva. No hubo perdones, no hubo llanto, ya no había rencores. Brindamos por el olvido y por el recuerdo, por los mejores recuerdos que me quedan de ésa época: tu risa de plata, tus manos suaves, tus besos trémulos y tu carne palpitante; tus ansias de vivir, tus sueños de adolescente de 16 años, mi esperanza de joven de 20.
Que buenos tiempos, cuando creíamos que éramos capaces de todo. Ojalá yo pudiera gozar aún de tu frescura, de tu perseverancia. Te asustó lo que encontraste, lo sé. Ya ves, las dificultades de la vida me convirtieron en esto que soy, un hombre mayor cansado y vencido, abatido y sin sueños.
Sin embargo, verte me llenó de vida. Tu luz volvió a tocarme. Gracias por eso Mercedes, gracias por hacerme recordar, por no permitir que mi memoria de vos se secara al Sol. Y te dejo un verso de Benedetti, de esos que solíamos leer cuando nos juntábamos hace tanto tiempo:
“Y si beso la osadía y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más
todavía.”
Espero haber copiado bien tu dirección, y que esta carta te llegue pronto.
Tuyo siempre
Joaquín.
No hay comentarios:
Publicar un comentario